lunes, 8 de enero de 2018

La fuerza de la plegaria

La historia de Abrahán y Sara da para muchos comentarios e incluso libros. En esta ocasión os invito a leer y meditar, personal o comunitariamente, el texto de Génesis 18,16-33 y el contexto que lo acompaña. Es de una belleza narrativa inusitada. Nos habla de la fuerza de la plegaria, de la eficacia de la oración; realidad no siempre suficientemente presente en nuestras vidas, al menos con la convicción que debiera, con la certeza e, incluso, osadía del patriarca.

En torno al texto
El contexto próximo, de la narración que consideramos, es la visita de tres personajes a Abrahán y Sara. Protagonistas que son presentados como el Señor, como el Dios de Israel (Génesis 18,1-2). Más tarde el narrador aclarará que son el Señor y dos ángeles (19,1). Algunos Padres de la Iglesia, y posteriormente el arte, han visto en esta representación una insinuación de la Trinidad divina. Pero esta perspectiva teológica no es propia del Antiguo Testamento, aunque no es rechazable como lectura tipológica posterior. Es una «lectura» que ha plasmado en el arte, sobre todo, de las iglesias orientales cristianas, de forma magistral.

La hospitalidad
La escena del encuentro junto a la encina de Mambré es seductora, de una belleza plástica inmensa. Abrahán y Sara acogen a estos tres peregrinos en su casa. En un primer momento no son conscientes de que están hospedando en su hogar al Dios de la Biblia. La hospitalidad forma parte de la cultura del mundo de la Biblia. Y acoger al extraño se convierte, en muchas ocasiones, en acoger al Señor: «era forastero y me hospedasteis» (Mateo 25,35).

Inconscientemente, al menos a los que estamos mínimamente familiarizados con la Palabra de Dios, nos viene a la memoria la escena de la pareja de discípulos camino de Jerusalén a Emaús y el encuentro que tienen con Jesús resucitado (cf. Lucas 24,13-33). Ellos también, sin saberlo, acogen en su casa a Jesús, al Hijo de Dios: «Ellos insistieron con empeño, diciéndole (a Jesús): “quédate con nosotros, que es tarde y el día ya ha comenzado a declinar”. Y él entró para quedarse con ellos» (24,29). La acogida, la hospitalidad, la preocupación exquisita por el otro forma parte de la religiosidad bíblica.

Hospitalidad y oración
Solamente la persona que posee estas actitudes puede entrar en la forma de oración que hace nuestro padre Abrahán: el amor a Dios y al prójimo van siempre a la par. La plegaria auténtica forma parte de este equilibrio.

El castigo de Sodoma y Gomorra por su pecado grave de corrupción no tiene vuelta atrás, como se lo hace saber el Señor a Abrahán (Génesis 8,20). Es entonces cuando el patriarca, movido por un corazón misericordioso, intercede por estos dos pueblos. Y lo hace «regateando» con Dios, al mejor estilo oriental, utilizando la fuerza de la intercesión de los justos frente a una sociedad corrupta: «¿No perdonarás al lugar por los cincuenta justos que hay allí?...; ¿y si son cuarenta y cinco?...; supongamos que hay cuarenta…;  ¿y si hay treinta?...; mira he resuelto insistir todavía ante mi Señor, quizá se hallen allí veinte…; pero todavía añadió: no se enoje ahora mi Señor. Ésta es la última vez, quizá se hallen allí diez. Contestó (el Señor): “Por consideración a los diez no la destruiría”» (cf. Génesis 18,24-32).

Sólo en un corazón generoso cabe esta forma de oración. Abrahán confía plenamente en Dios: sabe que su amor misericordioso prevalece, sin invalidarla, sobre la justicia. Conoce al Señor. Por eso se dirige a Él con tanta libertad. La plegaria se convierte en diálogo, en diálogo amoroso y confiado. No pide nada para él ni para los suyos, pero tiene una preocupación y amor exquisitos por las personas concretas, por el mundo.

Para la oración
  • La narración bíblica nos sugiere una forma de oración poco convencional. Abrahán dialoga con Dios con plena confianza, con naturalidad, con el convencimiento de que el Señor siempre escucha… Su plegaria no está «encorsetada». 
  • Entiende el patriarca que las cosas pueden cambiar, que no estamos condenados a un destino fatal. La Historia humana y los acontecimientos diarios están en las manos de Dios. Esa convicción le lleva a suplicar con insistencia, con libertad, con esperanza y, sobre todo, con amor. Y con la convicción que Dios se puede valer de unos cuantos justos para salvar el mundo.
  • Pongamos en paralelo nuestra oración junto a la plegaria de nuestro padre en la fe Abrahán. ¿Trasluce la misma confianza? ¿Espero una respuesta de Dios con el mismo convencimiento?
  • ¿Soy capaz de utilizar un «regateo» similar en mi oración? Es decir, ¿hago mi plegaria insistente, machacona (no quiere decir pesada y repetitiva)… desde la convicción que Dios Padre-Madre siempre me escucha? Y más cuando nos ponemos «pesados». Dios nos ama con un amor infinito, entrañable, misericordioso. Y no puede negarnos nada que sea para nuestro bien o el de los otros, por los que rogamos.
  • ¿Mi oración nace de un corazón generoso? ¿Siempre tengo presentes las necesidades ajenas tanto o más que las mías propias?
  • ¿La imagen que tengo del Dios de la Biblia es la de Alguien justiciero o misericordioso? Consciente que la justicia no está reñida con el amor entrañable, sino que el segundo es la plenitud de la primera.
  • En mi vida concreta, cotidiana ¿qué es lo que priorizo en mis actos, en mi oración? Sólo quien practica la misericordia está en la órbita del Dios de Jesús.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 678 [2018} 8-10)

jueves, 7 de diciembre de 2017

Bendición para todos los pueblos

Libro del Génesis
Los 11 primeros capítulos del libro del Génesis son conocidos como «protohistoria» e incluso «prehistoria», narrados en un lenguaje pedagógico y parenético.

Es a partir del capítulo 12 donde comienzan las historias patriarcales que, aunque no podemos hablar tampoco de «historia» en el sentido moderno, nos trasladan a unos escenarios de los que poseemos más información: narraciones de clanes familiares, tradiciones ancestrales que buscan fijar el origen de lo que siglos más tarde será el pueblo de Israel.

A partir de Gn 11,27 el autor bíblico nos introduce en la genealogía e historia de Abrán y Sarai, su esposa, que después el Señor les cambiará el nombre por Abrahán y Sara (cf. Gn 17,5.15), como signo de la misión que les encomienda.

Capítulo 12 del Génesis: relato de una vocación
Los primeros versículos de Génesis 12 son de una gran belleza narrativa y teológica. Abrahán es elegido por Dios, es enviado… Su respuesta es de obediencia a la voluntad de Dios. Es un relato de vocación, en el que queda implicada toda la existencia del personaje.

Llamada de Dios
El Señor le pide que cambie sus planes, que deje su tierra, que abandone su horizonte material, que renuncie a su vida anterior para «embarcarse» en una aventura imprevisible. Ahora toca ponerse al servicio de los planes de Dios, que no necesariamente se identifican con los propios: «El Señor dijo a Abrán: Sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre, a la tierra que te indicaré» (Gn 12,1).

Respuesta confiada de Abrahán
La decisión no es fácil. Pero el patriarca no pone pegas, no tiene dudas, sabe de quien se ha fiado, como afirmará, en otras circunstancias difíciles el gran apóstol Pablo: «no me siento fracasado, pues sé de quién me he fiado» (2Tim 1,12). Abrahán, de igual manera, se fía de Dios: «Abrán marchó, como le había dicho el Señor» (Gn 12,4).

Su gran fe, su fidelidad a la palabra de Dios, harán de él referente de las tres grandes religiones monoteístas, cuyos seguidores nos sentimos y somos «hijos de Abrahán»: Judaísmo, Cristianismo e Islam.

Es plausible que Jesús se refiere a esta realidad, releyendo el relato de Gn 12: «no os imaginéis que os basta decir: “nuestro padre es Abrahán”; pues yo os digo que de estas piedras puede sacar Dios hijos de Abrahán» (Mt 3,9). La respuesta de fe, más que el linaje, es la que nos hace hijos de Abrahán.

Una promesa de Dios
Se cumple la promesa divina al patriarca: «Yo haré de ti una nación grande; te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y tú mismo serás bendición.
 […] En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gen 12,2.3b).

La promesa es inmensa, inconmensurable. Pero, al mismo tiempo, no constatable, no verificable, al menos de forma inmediata y concreta. Se ha de fiar de Dios. Ha de creer que Dios nunca falla. Confiar en un futuro que su respuesta de fe iniciará pero que él no verá consumado.

Una esperanza sin límites
Abrahán no sólo recibe la bendición de Dios, sino que se convierte en motivo de bendición. En su nombre serán bendecidos, benditos todos los pueblos de la tierra. Su fe, su fidelidad, su entrega sin condiciones lo convierten en sujeto de bendición. Como afirma Mns. Ravasi; «En este caso, Abraham queda “constituido” en signo eficaz de la salvación ofrecida por Dios.»

El viaje que nos describe el narrador bíblico en los siguientes versículos no tiene nada de bucólico ni de «camino de rosas»: está plagado de dificultades. Pero la fe de Abrahán, su fidelidad, su fiarse plenamente del Dios de la Biblia… le darán las fuerzas suficientes para continuar en el camino al que ha sido llamado.

Para la oración
·         La narración de la historia de Abrahán nos sugiere unas actitudes esenciales en las personas religiosas. Y, lógicamente, de una forma especial nos interpela a los cristianos.

·         ¿Soy consciente de las consecuencias de mi vocación personal y comunitaria? Dios te ha elegido, me ha elegido, para una tarea concreta en este mundo, en la sociedad, en la comunidad cristiana… Y la labor que yo tengo encomendada es insustituible. Es la que me toca a mí. Ningún otro puede hacerla. Lo importante no es que sea pequeña o grande, porque la medida de Dios no tiene nada que ver con la mezquindad de la nuestra. Lo importante es que es la mía.

·         ¿Mi fe se identifica con creer en una lista de cosas o con la adhesión a la persona y a la Buena noticia de Jesús? La fe implica, cómo no, creer. Pero es mucho más fidelidad, fiarse de Alguien con mayúscula, comprometer la existencia, que admitir unas verdades de fe. Aunque, lógicamente, el fiarse de Dios, el seguir a Jesús también implica suscribir lo que Él enseñó, reconocer el depósito de la fe que custodia la Iglesia. Pero, ¿mi fe me compromete? Si no, es una quimera.

·         ¿Mi vida irradia bendición para los que me rodean? ¿Soy una persona amable? Es decir, alguien que se hace querer porque su existencia irradia amor, comprensión… Claro está, también implicará incomprensiones. Pero que nunca sea yo el motivo de discordias, enemistades y, mucho menos, odios o rencillas. Hemos de huir, como de la peste, de aquellas actitudes que dificultan o matan la convivencia: «enemistades, reyertas, envidia, cólera, ambición, discordias, sectarismos…» (Gal 5,20)

·         La fe del patriarca Abrahán vivida hasta las últimas consecuencias nos interpela.

Javier Velasco-Arias
(Publicado en Lluvia de rosas 677 [2017] 30-32)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Mal generalizado, pecado ecológico

Recapitulando
Después de la ruptura de la Alianza con Dios (primer pecado o «pecado original» [Génesis 3]) y del atentado fratricida (asesinato de Abel por su hermano Caín [Génesis 4]), el narrador bíblico nos cuenta cómo el mal se generaliza, contagia todas las esferas de la existencia humana (Génesis 6): «La maldad del ser humano iba cada vez a más y todos los designios de su corazón eran siempre perversos» (Gn 6,5).

Es un proceso «lógico». Así lo entiende el autor sagrado. El abandonar a Dios, el apartarse de su plan salvífico, el único que posibilita ser feliz y estar en paz y armonía con todos y con la naturaleza, lleva irremediablemente al conflicto entre los seres humanos, a las discordias, al fratricidio, a las guerras… Y, como consecuencia última, a la generalización del mal, al desequilibrio ecológico.

El mal lleva al mal
El papa Francisco, comentando estas narraciones bíblicas de los orígenes, afirma: «El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual tengo el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior con­migo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descui­dadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peli­gro.» (Encíclica Laudato si, n. 70).

Todo está interrelacionado. El mal lleva al mal. Ésta es la lección que nos quiere mostrar el texto sagrado, es la lectura que pretende.

El diluvio
El relato del Génesis se servirá de una «historia» por todos conocida: «el diluvio». Los israelitas, por sus vecinos mesopotámicos, ya sabían de las epopeyas de Gilgamés, de Ziusudra y de Atrakhasis, donde aparece dicha catástrofe cósmica.

El narrador bíblico hará una relectura, una reinterpretación de dicho acontecimiento, a partir de su fe en el Dios de la Biblia. El diluvio será visto como una purificación de la Creación, como una nueva oportunidad para el ser humano, como un nuevo inicio, como una nueva Alianza, como un nuevo proyecto salvífico…

Compromiso de Dios
El pecado, el mal generalizado que anida en el corazón humano y que toma su forma concreta en la violencia contra otros seres humanos y contra el resto de la Creación, debe desaparecer. Por eso, el proyecto salvífico –el arca de Noé– debe preservar no sólo la vida humana sobre la Tierra sino la de todos los seres vivos:

«Estableceré contigo mi Alianza (dice el Señor). Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo. De todos los animales, de todos los seres vivientes, introducirás en el arca dos de cada especie, para que conserven la vida contigo; que sean macho y hembra. De las aves según su especie, de los animales domésticos según su especie y de todos los reptiles de la tierra según su especie, entrarán contigo por parejas de todos ellos para salvar la vida.» (Gn 6,18-20).

La persona humana es responsable de la vida, de la paz, de cada ser humano. Pero, también, de toda la Creación, de toda la naturaleza. El equilibrio ecológico, el orden de la Creación es voluntad de Dios. Y el hombre y la mujer han de ser garantes de ello.

Por eso, esta segunda Alianza, después del diluvio –la primera había sido con Adán y Eva–, no es sólo con Noé y el resto de humanos que se han salvado en el arca, sino con la Creación entera: «Yo establezco mi Alianza con vosotros y con vuestra descendencia después de vosotros, y con todo ser viviente que está con vosotros: aves, ganados y todos los animales de la tierra que están con vosotros, con todos los que salieron del arca, con todos los animales de la tierra.» (Gn 9,9-10).

Para la oración
  • El relato bíblico nos sugiere muchos interrogantes. Preguntas que hemos de hacernos en la intimidad de la oración personal y, también, comunitaria. Y, lógicamente, arrancar de mí un compromiso para que las cosas cambien. 
  • ¿Cómo está mi relación con Dios, con las personas que me rodean (familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos…), con el entorno ecológico, etc.
  • ¿Cuál es mi compromiso para que este mundo sea más habitable para toda la Humanidad? ¿Siento como propios los problemas, dificultades, tragedias de otros seres humanos?
  • ¿Los problemas de las migraciones por guerras, hambre, persecuciones políticas, sociales o religiosas, me afectan personal y comunitariamente? ¿Qué hago frente a esta situación tan grave que sufren tantísimas personas y familias? ¿O pienso que no son mi problema? ¿O, peor aún, estoy en contra de acoger a estos seres humanos que huyen de escenarios que no querríamos nunca para nosotros, nuestras familias, nuestros hijos; y ni nos inmutamos cuando tantos mueren en el camino hacia una situación mejor, más digna, que nunca encontraron?
  • ¿Qué hago por una ecología de la cultura, del bien común, de la justicia?, como reivindica el papa Francisco.
  • ¿Hasta qué punto llega mi compromiso por un equilibrio ecológico sostenible? ¿Tomo medidas concretas contra la contaminación ambiental? ¿Me tomo en serio el reciclaje de los desperdicios que produzco?
  • El relato del diluvio y la Alianza posterior de Dios con la Humanidad y con todos los seres vivos me sugiere que otro mundo es posible, que el mal no tiene la última palabra, que mi compromiso en conseguirlo es algo irrenunciable, como ser humano y como creyente. 
Javier Velasco-Arias
(Publicado en: Lluvia de rosas 676 [2017] 9-11)

viernes, 8 de septiembre de 2017

XVIII Jornadas ABE - Seminario «Biblia y Pastoral»

En el marco de las XXVIII Jornadas de la Asociación Bíblica Española (ABE), celebradas en Málaga del 28 al 31 de agosto de 2017, el seminario Biblia y Pastoral, uno de los seminarios permanentes de la Asociación, presentó dos comunicaciones, desde la perspectiva de la animación bíblica de toda la pastoral:
– Año internacional de la Biblia y otras actividades conmemorativas, organizadas por la FEBIC, por Jan Stefanów (Secretario general de la FEBIC):
Featured Image -- 493En el año 2019 la Federación Bíblica Católica (FEBIC) celebrará el 50 aniversario de su fundación y el año siguiente conmemoraremos el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo. Estos dos acontecimientos sirven de marco de varias iniciativas de carácter conmemorativo, bíblico-pastoral, formativo y estructural, emprendidas por la FEBIC: 
- Organizar un Año de la Biblia (1º diciembre 2019 - 30 septiembre 2020) 
- Un Congreso Bíblico-Pastoral de la FEBIC (Roma, 23-26 de abril de 2019)
- Crear la Asociación Bíblico-Pastoral «Verbum Domini» abierta a todos los biblista del mundo.
Todo un elenco de iniciativas que permitirá aproximar la Palabra de Dios a todos, desde una perspectiva internacional.
– Semana de la Biblia en Catalunya, por Javier Velasco-Arias (coordinador del Seminario y responsable del Secretariado de Animación Bíblica de la Pastoral del obispado de San Feliu de Llobregat, Barcelona).
Cartel oficial.jpgEl año pasado, por primera vez, organizamos a nivel de todas las diócesis de Catalunya, la «Semana de la Biblia», que concluyó el primer domingo de Adviento, con el «Día de la Palabra».
Una iniciativa de la Asociació Bíblica de Catalunya, avalada por todos los obispos de la Tarraconense, y que tuvo un importante eco eclesial y mediático. Se consiguió la implicación de las diez diócesis catalanas y de un gran número de estamentos eclesiales, de diversas confesiones cristianas, del mundo de la cultura y del arte, de mass media, etc. Y con actividades muy diversas y diseminadas por toda Cataluña alrededor de la Palabra de Dios.
Actualmente ya estamos en la organización y preparación de la segunda «Semana de la Biblia», que este año será del 27 de noviembre al 3 de diciembre de 2017.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Billete de ida y vuelta

El regreso de las vacaciones nos acostumbra a traer recuerdos satisfactorios, pero demasiadas veces acompañados de rostros que denotan cierta derrota. Es fácil oír en las conversaciones entre amigos o compañeros de trabajo frases de resignación e, incluso, de amargura. 

Así iban, conversando entre dosis de desesperanza, los caminantes de Emaús (Lucas 24). Era un camino de vuelta. Volvían a casa. El viaje de ida que tanto prometía, ir a celebrar la Pascua con Jesús, había tenido un desenlace que todavía les provocaba incertidumbre. Y por esa fisura se les estaban colando dudas, miedos, tristezas… ¿Qué haremos ahora sin Jesús? 

En nuestros caminos de vuelta también viajamos acompañados de incertidumbres, algunas muy propias y otras compartidas. Si al inicio del verano contemplábamos el horizonte hacia el que ir llenos de ilusión y esperanza, hoy también vislumbramos un horizonte de vuelta, pero este más complicado. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hicieron los caminantes de Emaús? 

Las dudas y los miedos empezaron a disiparse por medio del conocimiento de la Ley y los profetas. Es decir, Jesús aplicó el ungüento de la Palabra de Dios, con una autoridad capaz de interpretar, descifrar y contestar cualquier duda. Jesús hablaba con autoridad, con la máxima autoridad, la del Hijo de Dios que es Dios mismo. 

Así, cuando nos asaltan en nuestros «viajes de vuelta» las incertidumbres, ¿qué hacer? Acudir a la Palabra de Dios, a la autoridad de Jesús y a su Iglesia, a discernir a partir de la sencilla pregunta: ¿qué es lo que haría (o diría) Jesús? Si en nuestro diálogo de vuelta nos encontramos hablando de temas familiares, morales o sociales, y se nos presentan dilemas bien difíciles, habrá que preguntarse de manera sincera y bien dispuesta qué es lo que haría Jesús. 

Nos sorprenderemos, o mejor aún, Jesús nos va a sorprender, porque desde una dinámica de comunión, tras la escucha de su Palabra y participando de la fracción del pan, todo cobrará sentido. Los discípulos de Emaús le reconocieron y comprendieron. 

Este pasaje de los relatos de la resurrección nos muestra que ni el viaje de vuelta era tan malo ni con ese se acaban los viajes. Los de Emaús vuelven corriendo a encontrarse con los apóstoles, en otra ida que seguro tendrá otra vuelta. Casi podríamos decir que en el viaje de la vida y de la fe ya no está muy claro si se está de ida o se está de vuelta. El éxodo hacia la tierra prometida… ¿era ida o vuelta? Quizá no sea tan importante como lo que realmente cuenta en nuestro viaje: caminar guiados por el Señor y su Espíritu hacia nuestra tierra prometida, la Casa del Padre.

Quique Fernández
(Publicado en: Catalunya Cristiana 1979 [2017])